El sector ganadero es un importante actor mundial con un enorme impacto económico, social y medioambiental (Steinfeld et al., 2006). En todo el mundo, la producción ganadera aporta el 40% del PIB agrícola mundial, emplea a 1.300 millones de personas y proporciona medios de subsistencia a 1.000 millones de los pobres del planeta (Alders et al., 2021). También es el mayor usuario antropogénico de la tierra, con un 70% de todas las tierras agrícolas y un 30% de la superficie terrestre del planeta. Las repercusiones del subsector ganadero se dejan sentir cada vez más debido al aumento demográfico y al incremento de los ingresos. Se prevé que la demanda mundial de carne se duplique con creces, pasando de 229 toneladas métricas en 1999-2001 a 465 toneladas métricas en 2050, y la ingesta mínima de proteínas per cápita recomendada para el máximo desarrollo físico y mental del ser humano es de unos 56 g (Robinson et al., 2015). También se calcula que en los países en vías de desarrollo como Kenia, el 48% de las proteínas alimentarias y el 20% de la energía alimentaria se obtienen del ganado (Steinfeld et al., 2006). La productividad actual es insostenible, especialmente en África, donde el sector ganadero está creciendo muy rápidamente impulsado por la escalada de la demanda, el aumento de la población y la renta per cápita (Li et al., 2014).