Y sabedlo tambi n:
este pavor de ir y venir
y no acabar las alas
y no rendirse en liza de verdad,
esta ceguera ruda entre la p lvora y su estr pito,
este murci lago aterrado,
s bito,
tan s bito que ya os estorba en vuestro gozo,
es el fantasma negro de los h roes
aviesamente heridos por la espalda
que fuimos alg n d a.